Cuentos y Leyendas
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San Bernardo Gana Su Apuesta con un Campesino
Una vez San Bernardo iba cabalgando por el campo francés cuando se encontró con un campesino labrador. El campesino notó cómo el Abad mantenía la cabeza inclinada y la mirada baja, y le preguntó por qué adoptaba esa postura.
El gran Abad Cisterciense respondió que no tenía el corazón firme y estable al orar, y que esto le ayudaba a no distraerse en su oración. Al oír esto, el campesino se mostró desdeñoso y respondió con altanería que él sí tenía el corazón firme y estable en todas sus oraciones.
Y así San Bernardo, pensando cómo vencerlo mejor y mostrarle su necedad, le dijo:
“Apártate un poco de mí y comienza tu Paternóster con la mejor intención que puedas. Y si logras terminarlo sin pensar en ninguna otra cosa, sin duda te daré el caballo en el que voy montado. Pero primero debes prometerme, bajo tu palabra de honor, que si piensas en alguna otra cosa, no me lo ocultarás.“
El campesino, muy complacido, aceptó de buen grado, y ya daba el caballo por suyo.
Entonces se apartó un poco y comenzó su Paternóster. Pero apenas había llegado a la mitad cuando se le coló en el corazón la pregunta de si debería quedarse también con la silla de montar junto con la bestia. Al percatarse de esta distracción, corrió de vuelta hacia San Bernardo y con toda honestidad admitió que había pensado en otra cosa en medio de su oración.
Y, después de eso, ya no tuvo más voluntad de reprender ni criticar al Abad. Ni tampoco se creyó ya tan valiente de sí mismo.

El gran Abad Cisterciense respondió que no tenía el corazón firme y estable al orar, y que esto le ayudaba a no distraerse en su oración. Al oír esto, el campesino se mostró desdeñoso y respondió con altanería que él sí tenía el corazón firme y estable en todas sus oraciones.
El complacido campesino ya imaginaba el caballo
como si fuera suyo
“Apártate un poco de mí y comienza tu Paternóster con la mejor intención que puedas. Y si logras terminarlo sin pensar en ninguna otra cosa, sin duda te daré el caballo en el que voy montado. Pero primero debes prometerme, bajo tu palabra de honor, que si piensas en alguna otra cosa, no me lo ocultarás.“
El campesino, muy complacido, aceptó de buen grado, y ya daba el caballo por suyo.
Entonces se apartó un poco y comenzó su Paternóster. Pero apenas había llegado a la mitad cuando se le coló en el corazón la pregunta de si debería quedarse también con la silla de montar junto con la bestia. Al percatarse de esta distracción, corrió de vuelta hacia San Bernardo y con toda honestidad admitió que había pensado en otra cosa en medio de su oración.
Y, después de eso, ya no tuvo más voluntad de reprender ni criticar al Abad. Ni tampoco se creyó ya tan valiente de sí mismo.
San Bernardo de Claraval (1090-1153)
Adaptado de La Leyenda Dorada de Jacobus de Voragine,
NY: Arno Press, 1969, p 473
Publicado el 15 de agosto de 2026
NY: Arno Press, 1969, p 473
Publicado el 15 de agosto de 2026













